Adoptó la figura del maniquí contemplativo; en un sillón de cuero en un hotel de Veracruz. Estábamos en el loby. Llevaba pantalones negros y una camisa azul. Lo recuerdo porque lo apodé “El sublime mayor”. Fue famoso entre nosotros porque tenía una historia sobre un hombre que se masturbaba junto a las fotocopiadoras. En una ocasión nos perdimos en un jardín del museo de antropología de Xalapa y abrazó árboles. También corrió a lo largo del campo tocando una harmónica; desde lejos su silueta emulaba a la de un pequeño fauno, delgado y volátil, buscando regresar al paraíso perdido.

Llevaba el pelo hecho furia, como de científico loco; parecía más poeta que narrador. Vimos cómo una mujer se ganó su corazón y también cómo en dos semanas se le rompió, casi imperceptiblemente, como el aleteo de las moscas de cristal. Se hospedó solitariamente en un pequeño cuarto de hotel; acostumbraba a llevar un cuaderno delgado de papelería ordinaria en el bolsillo de su pantalón. No hablaba mucho pero era excepcionalmente entusiasta; como era diminuto no necesitaba mucho aire para sobrevivir. Su voz siempre estaba un poco más hacia allá.

No sabíamos que dibujaba. No sabíamos que amaba enseñar. También desconocíamos el tormento de su espíritu detrás de la euforia enferma con la que enfrentaba la vida. La última vez que conversé con él se escuchaba desquiciado, aunque lúcido. Quizá demasiado. Recordar a Gerardo Arana es efectivo, en pequeñas dosis, porque evocaba demasiadas cosas y cada una era ligeramente pesada. Un fauno silvestre por el césped traslúcido de la memoria. Una hebra de intuición suspendida en el tiempo.

De alguna manera demasiado alegre, demasiado triste, demasiado sin sentido como para buscarlo en esta esfera tan grande de confusión a la que nos enlistamos todos en afanes ingenuos por comprender lo milagroso.

El niño de 5 años ha recibido de regalo una caja que contiene el dolor más tormentoso de la existencia de su padre. Ha decidido dedicar el resto de su vida a la cruzada de pescar la cura al tormento ajeno para regalársela al Hombre antes de morir. Y en su lecho de muerte, cuando el padre abre el paquete y ve la respuesta, ríe. Ríe mucho. Le pide que guarde ambas para su nieto; él seguramente hará algo hermoso de aquello.

Un dizque legado transfigurado con el aire de los siglos.

La contemplación del cielo ha sido uno de los placeres más antiguos que llevan consigo no sólo una necesidad tanto física como espiritual, sino también una búsqueda que puede ir desde lo más cotidiano como dar con la luna hasta actos de fe como suponer que alguna de las constelaciones que identifiquemos nos dará una respuesta a algún problema en nuestras vidas. O, si traemos despierta la curiosidad, retar a nuestra astucia. Yo, instintivamente, busco a Sirio.

Lo extraterrestre podría ser visto como algo meramente lógico y obvio para las mentes atinadas y objetivas, un regalo para quienes tienden más al romanticismo, la melancolía y el desciframiento informal del espíritu, y existen infinidad de opciones respecto a lo que buscamos afuera de la tierra, en el espacio exterior; esos lugares donde nunca podremos estar, donde soñamos. Tener a Saturno frente a nosotros y ver cómo nos movemos ante él mientras nos acomodamos en uno de sus anillos. O tal vez despertar una mañana y encontrar un horizonte totalmente aplastado por un amarillo eléctrico; resulta que el sol ha decidido encarar la tierra; no importa a donde voltees, sólo verás el sol (mas no morirás quemado, porque es una hermosa fantasía, y las premisas ilógicas se permiten en pos de la imaginación para sobrevivir).

De cualquier forma la bóveda celeste, las nebulosas, supernovas, la aurora boreal y todo aquello que acontece a lo que hay mucho más allá de nosotros se convierte no en una deificación, pero sí en uno de los placebos más amables. No sólo están ahí, sino que existen, y tienen autonomía. Ellos están acá, mientras nosotros continuamos en el plano de los mortales, el de la tierra, y todo lo que acontece a una simple raza que convive con otros seres vivos, sea que intenten llamar al ser humano la cúspide de la existencia. Pero repito: todo eso está allá afuera, y si tenemos la fortuna de tener un telescopio podríamos acercanos un poco más a aquello que nunca lograremos tocar. Y, sin embargo, el humano ha podido llegar a la luna, y a marte. Hemos logrado enviar satélites y naves a explorar todo aquello que por ahora sólo podemos imaginar.

La melancolía generada por el universo físico es, probablemente, uno de los casos más antiguos y enternecedores en el ser humano; jamás los tuvimos, no sabemos cómo son, y probablemente nos aniquilarían. Hay, sin embargo, una fascinación por sabernos cercanos e inventar nuestras propias historias con ellos como personajes principales. Italo Calvino, en algunos de sus cuentos dentro de Las Cosmicómicas, relata una carrera espacial que se lleva a cabo entre dos amigos; toman una vía, la siguen, aceleran, después turbulencias, alguien debe ganar; la suerte ha sido echada de cualquier manera, pero en el universo todo se puede. Y en el Calvino, además, también se valen las carreras de móviles entre las estrellas y planetas.

En caso de no contar con un telescopio de cualquier forma es válido y efectivo voltear al cielo; las estrellas y la luna continúan ahí. Tal vez muchas de ellas ya no existan, nos explican la Astronomía y Física, pero existen para nosotros, y eso basta. En momentos de abrumación, cuando la inmensidad es necesaria y la concepción del infinito embiste en nuestras mentes como algo necesario si es que eso nos produce tranquilidad, entonces regresamos al vacío, al infinito, y de pronto el silencio nos abre los ojos, nos descubrimos diminutos; la idea de ti bailando tap en uno de los cráteres de la luna se vuelve graciosa, o tal vez Fox Trot, Swing, música banda; comienza a sonar “Aaaaay la culebra” y disfrutas las delicias de Banda Machos ahí, justamente en la luna, tú ahora desplegado en uno de sus cráteres; ves desde ahí todo tan lejano, tal vez la tierra. Ríes mucho, ahora la música terrestre resulta más interesante cuando la escuchas lejos de tu planeta natal.

Habrás de cerrar los ojos, en medio de una sacudida los tendrás que abrir, y te das cuenta de que sigues en tu habitación; ni siquiera es de noche, no se vislumbra la luna en el cielo, debes mil trabajos, hay cuentas que pagar, el ruido de la urbe te ensordece, tu cerebro te recuerda que tu mente aún trabaja y, no sé, ni siquiera te gusta Banda Machos. No tienes un telescopio, jamás has tocado Neptuno, el Cinturón de Orión podría causarte vértigo desde un punto de vista más esclarecedor y, de nuevo, tu habitación es un lugar muy pequeño, pero uno desde donde puedes visitar la luna, contemplar explosiones imaginarias, jugar Risk y ajedrez junto al fantasma de Armstrong en la luna. Fundar una Riot Band, gritar que el gobierno de tu país es un mal chiste inmenso que está dando gato por liebre. Desde tu cuarto, adecuado a tu idea personal de la luna. Ya no resulta tan malo después de todo. Ya llegará la noche, saldrás al Oxxo por una cerveza, y en el trayecto si la contaminación de tu ciudad te lo permite voltearás hacia las estrellas, verás la luna, y directamente hacia ella, como si fuera una especie de amiga, le dirás con mucha naturalidad: “Qué absurdo todo, ¿no?”. Y ella te guiñará el ojo.

Llegarás al Oxxo, pagarás tu cerveza frente a un cajero cansado por una jornada laboral igual de absurda pero aún más horrible, y lo demás quién sabe. La noche podría acabar como sea. Y de igual manera va a acabar. Como todo. Mientras tanto, ahí sigue el cielo. Y los planetas. Y nuestra eterna lucha por conciliar el mundo de afuera con el mundo de adentro. Sea lo que eso signifique.

Existe un mundo eterno
detrás de los escaparates
donde el suelo brilla,
las mujeres ríen,
parvadas de niños corren
hacia la juguetería
y quinceañeras pintan sus labios
para realzar su belleza ilegal.
Ese universo de cristal
tapizado por el capitalismo
que a mí no me hace mal
pese a mi consciencia.

De qué forma explico esto
sin que me lapide el intelectual.
Leo a Hobbes y voy a la sierra
como voluntaria en brigadas.

Tras el sueño cálido
de ese mundo eterno;
labios colorados de niñas de 15,
cuellos arrugados con perlas;
“Haz llegado al cielo”
dictaría Foucault.
O Carolina Herrera, o Balenciaga,
o Chanel, o Mussolini.
Aquel revolucionario de nombre
¿cómo?
Dolce Guevanna.

Mi primera reacción al llegar
a este mundo
fue llorar
(yo era un bebé sabio).
El látigo de Cronos me azotó
y el llanto se convirtió en risa.
No sientan lástima del bufón;
él comprende más que ustedes.
Reír es otra forma de hartarse.
Reírse de todo es una espada
de doble filo;
un antídoto para el asco,
la más pura de las resistencias.

24 meses sin intereses, piénselo bien. Suena razonable. Ni se va a sentir. Poco a poquito, no hay prisa. Poco a poquito. Así, leve. ¿Ya se animó? 48 meses sin intereses. Será tuya por siempre. No alcanza para el contado pero sí en mensualidades. Vete al fondo, usándola, llegando lejos, bien lejos; vislumbra el desgarre del horizonte, una usura sin filo, porque el infinito se te hace poco. Ah, perdón, se me fue el hilo; es que además de vender carros también soy poeta, y de pronto se me sale, en esbirros de la mente. Pero dígame; ¿sí se anima por la cheyenne?

Del otro lado del río me espera Alicia atrapada en el espejo. Desde abajo, con sus mechones flotando junto al coral me saluda. No sé si saltar y vivir con ella o regresar a casa y comer con mi familia. Por un lado están los peces, la evaporación del pensamiento, la máquina de humo que nos permite soñar. Del otro lado están ellos, los que me abracen aunque esté perdida, los que luchan conmigo cuando quiero caer. Alicia me saluda, escucho la voz de mi madre al fondo. Corro hacia el otro lado sin mirar atrás. Ya no respiro bien, me tropiezo, me tomo del tronco de un árbol ancestral y llego a un páramo donde no existen animales ni personas; una superficie terrenal forrada por hojas secas. El otoño ha acabado. Recuerdo a Alicia, pienso en mi hermano.

Me tumbo en el suelo y siento una mano fría en mi frente. Sólo al abrir los ojos están ellos, no Alicia, y yo en una cama de hospital. Mi mamá sonríe y me dice que no está mal que yo me pierda. Mi hermano me cuenta un chiste de mal gusto y me da la noticia centrla de que no estoy sola. Hay intravenosas y mujeres enjutas en blanco que caminan por el pasillo. El anciano de atrás vomita sangre y sus huesos parecen los de un títere amable. Del otro lado de mi camilla alguien acaba de morir. Me desvanecí, todo está bien; Alicia y su mundo detrás del espejo no me sirven de nada. Yo sólo quiero un golpe brutal de realidad. Y el abrazo de mi hermano, por si vuelvo a perderme en la bruma.

No puedo casarme con un hombre que está peleado con su padre“, dijo mi abuela, María Lucila, a mi abuelo, Ignacio, días antes de casarse, así que ambos salieron rumbo a Xalapa para invitar a mi bisabuelo a su boda. Amo a mi padre. A mis siete años ya lo sabía.

Era semana santa de 1996; salimos de vacaciones familiares a Mazatlán con los mejores amigos de mis padres. Nos hospedamos en la casa de unos familiares suyos; una casa semi abandonada que no me dio buena espina desde que entré. Ese año había ganado algunos concursos de lectura en voz alta y comprensión lectora. Mi padre me felicitó pero no me dio nada como recompensa. En mi familia nuclear no creemos en las “recompensas” por lo que, por naturaleza, debe hacerse bien. Pero yo tenía siete años y no comprendía eso. Mientras mi hermano y los demás niños jugaban con un futbolito feo que había junto a la sala y las mamás desempacaban, yo miraba el techo en una de las habitaciones. Algo me decía que habría tormenta, porque estaba sofocado, el sonido del ventilador de techo me volvía loca; pasaban por Canal 5 la película de Batman donde sale El Pingüino, y yo sentía que había fantasmas en la casa. Mi padre había desaparecido.

Pensaba en lo mucho que estaba odiando el inicio de nuestras vacaciones cuando mi padre entró a la habitación. Llevaba en las manos un libro delgado y me lo dio. Me dijo que había salido a agarrar aire porque la vibra de la casa no le daba buena espina, y en la calle encontró una librería pequeña abierta. Me dio el libro y me felicitó por los concursos que había ganado. También me dijo que el libro me iba a gustar, aunque no sabía si lo comprendería porque yo estaba muy niña aún. En la portada había un niño rubio sobre un pequeño planeta mientras las raíces de un árbol crecían desde el borde inferior izquierdo. Como la casa me daba mucho miedo y odiaba el futbolito me leí todo el libro esa noche. Un libro donde te explican que lo que para muchos es un sombrero es, en realidad, un elefante dentro de una serpiente.

De tal manera que esa noche, a mis siete años, conocí “El Principito” y ha sido, desde entonces, un tema delicado para mí. Así como para muchos es intrascendente, para otros un libro de culto, y para muchos más un tesoro de la humanidad, para mí es el exponente material de circunstancias, personas, y el libro por sí solo. Mi padre tuvo mucha razón: a esa edad no lo iba a comprender. Los dibujos del libro me daban miedo; aún me dan miedo, y no sé por qué. La escena final donde El Principito cae y desaparece me dio escalofríos, y la historia del hombre que sólo está en su planeta para encender y apagar el farol fue uno de mis primeros acercamientos con el absurdo.

Estuvimos cuatro noches en esa casa antes de irnos a un hotel. En ninguna de esas noches logré dormir bien porque, como dije, la casa no me daba confianza; sentía entes por todos lados, siempre hacía calor, encontré una tarántula muerta en uno de los baños y, en una de esas, presencié una de las tormentas eléctricas más horribles que he vivido, mientras en la cama de al lado mi madre, mi padre y mi hermano dormían tranquilamente; pero yo imaginaba que el ventilador de techo en cualquier momento podía caer sobre nosotros y degollarnos, los relámpagos no me asustaban pero era el ruido y el viento cortando los árboles lo que me ponía aún más nerviosa. Y, peor aún, si salía de la habitación podía encontrarme con alguno de los fantasmas. Los temores de un niño pueden ser aún más violentos y ridículos que los de cualquier adulto.

No sé cuántas veces he leído El Principito; siempre encuentro cosas diferentes en cada lectura. Tengo desde entonces el mismo libro, intacto: la edición es del 85, entonces antes de que yo naciera, y no exagero cuando digo que está casi en las mismas condiciones que cuando mi padre me lo entregó aquella noche endemoniada en que yo me sentía más desdichada que la cerillera (sí, la del cuento culero ruso donde se la lleva el frío después de que alucina con su abuela muerta una noche antes).

Recurro a fragmentos de la memoria, a veces los más escondidos y apretados, cuando necesito un poco de aire. El mismo que mi padre necesitó aquella noche en que, al entrar a la casa en Mazatlán, sintió un aire macabro y extraño (el mismo que yo sentí) y salió. Jamás pensé que mientras yo me sentía la más menospreciada porque, a pesar de mis logros no había recibido ni siquiera un “Felicidades“, él comenzó a buscar entre los libros usados de la tienda algo ideal para regalarle a su hija; la que, dicen, heredó no sólo casi todas sus manías, sino también sus rasgos físicos, el filo de espada en su sinceridad cruda y el sacar la lengua en casi todas las fotos. Mi padre y ese libro me salvaron, en mi forma melodramática de ver las cosas, esa noche, de la casa endemoniada, el calor, la mesa de futbolito con telarañas y de las películas Cine Permanencia Voluntaria de Canal 5. Fue un gran hombre, en toda la extensión de la palabra.

Pronto iré a ver la nueva película de El Principito, después de casi un año esperándola. La rosa nunca me cayó bien. El farolero, el hombre de las cuentas y el Rey de su planeta se ganaron mi cariño. El zorrito es, hasta la fecha, un símbolo enigmático para mí. La figura de El Principito también me resulta extraña porque, para empezar, si yo hubiera sido el aviador lo mando mucho a la fregada; soy Piloto, no ilustrador, niño. Y aunque fuera ilustrador, WTF, ¿ubicas que mi avioneta acaba de caer y me estás pidiendo que te dibuje algo? En fin; qué niño tan más caguengue.

Empecé el post citando a mi abuela respecto a los hombres que no pueden odiar a sus padres porque Lucila, tan rara e independiente desde niña, tenía muy claro ese precepto. Aún veo el libro que me regaló mi papá aquella noche del 96 y pienso en lo extraño que fue todo. En mi incapacidad para permanecer en el plano terrenal durante mucho tiempo porque mi imaginación es volátil. Aquí puedo agregar que el padre de mi padre tenía una avioneta, como Saint-Exupéry, y la volaba, y una vez le dijo mi abuela que mejor se deshacía de ella porque un día se iba a matar en el aire. Mi abuelo, una vez más, hizo caso a la sentencia semi-clarividente de mi abuela y se la regaló a uno de sus amigos. Quien, por cierto, semanas después murió en el aire en esa avioneta.

Entonces días antes de su boda tanto mi abuelo como mi abuela llegaron a Xalapa a visitar a mi bisabuelo, después de años de no ver a su primogénito, y lo invitaron a su boda. Ese día en que ambos se casaron mi abuela decidió caminar y llegar al altar descalza, porque mi abuelo, como muchos chinos, era chaparro, y mi abuela decidió que no podía llegar al altar luciendo más alta que su futuro esposo. Su suegro estaba presente, como fue su condición.

Y si aún se plantean la tendencia en el ser humano a perder su capacidad de asombro conforme pasa el tiempo, quisiera remitirme nuevamente a mi abuela y a mi padre. A ella, porque a sus 84 años aún litiga, como Abogada, por todo el país, va a marchas, a colectas, y no ha dejado el activismo desde que se casó con mi abuelo, que también lo era. Y a mi padre, porque hasta la fecha cuando lo encuentro fumando de noche hay un momento, casi siempre, en que voltea al cielo y me dice “Mira, ahí está Sirio, y por allá la Osa mayor, y el Cinturón de Orión”. Y duermo tranquila, porque como mi abuelo decía: “Mirar el cielo, las estrellas y la luna es un lujo que nadie te puede quitar. Cuando sabes eso, entiendes que es más fácil encontrar una solución a cada problema“.

Sí: en mi familia tendemos a la contemplación innecesaria de la fugacidad y lo imperceptible.

Dentro de cuatro paredes cabe lo suficiente para nunca salir de su habitación, pensó el hombre alegre con calcetines chistosos. Conoció al amor de su vida a los 12 años mientras veía a través de la ventana y pasó frente a él una niña que nunca volvió a ver. A los 18 una mujer le rompió el corazón; había leído “Sobre héroes y tumbas”, donde conoció a Alejandra, y pensó que probablemente las relaciones personales no eran lo suyo. Desde pequeño era proclive a contraer virus característicos de enfermedades absurdas, así que exigió a sus padres una construcción tipo búnker no sólo para su cuarto, sino para la casa entera. Fue huérfano a los 25, y con su herencia aprendió a cultivar toda clase de plantas en su jardín. Regaló casi todos sus muebles y dejó en su habitación original una cama, una tornamesa, algunos libros y sus cuatro paredes blancas. Vive mucho y aprende de todo lo que imagina. Tiene amigos por todo el mundo y a veces pelea con ellos.

Se casó, a los 28, con la protagonista de “Breakfast at Tiffany’s”; descubrió que era, entonces, el hombre más afortunado del mundo. Nunca tuvo hijos. A veces viajaba a Saturno. De repente a Marte. Pero visitar los planetas no era necesario cuando se tiene en cuatro paredes, una vez más, todo lo que podrías necesitar. Murió solo. Su fantasma festejó su muerte. Lanzó flores a su cadáver, en el suelo junto a la tornamesa, a los 35 años.

Cuando Protección Civil forzó la entrada de su casa para descubrir el origen del hedor que ya había impregnado gran parte del vecindario nadie logró explicarse la escena que encontraron: junto a la tornamesa, aún en el suelo, se había construido un ataúd torpemente tallado, flores, y un acetato de R.E.M. girando. El hombre alegre de calcetines chistosos, como siempre pensó, tenía todo lo que necesitaba en esas cuatro paredes; su fantasma también lo sabía, y al parecer eso era más que suficiente.

Algunos comparan la escena de su muerte con la de un músico aún venerado por muchos, originario de Seattle, que ya no es escuchado como antes, aunque su imagen persiste como icono del artista atormentado y el genio incomprendido, hipersensible, junto a Nikola Tesla y Vincent Van Gogh. Algunos llamaron al hombre alegre de calcetines chistosos una casualidad más de las repeticiones holográficas en la historia de la humanidad. Otros sólo creen que su existencia fue una total mentira; que nadie con calcetines chistosos los usaría si no es para ser vistos. Pero el día en que lo encontraron todos los vieron. Y, efectivamente, eran los mejores calcetines del mundo.

A todos los poetas que escuchan, mírennos bien; somos hombres y mujeres cansados de oírlos decir: ‘Lee, lee mucho; leer da vida. Leer te va a salvar’. Nosotros les contestamos:

-NO QUEREMOS LEER. Queremos asomar los pies en la fuente de la plazoleta. Queremos recuperar el fino arte de escoger manzanas. Queremos caminar de noche, y bien noche, por una calle sola, que no parece parte de la ciudad, porque escuchamos los latidos de la suela cuando besan el asfalto.

A todos los hombres que traen un libro en la mano y nos aseguran que no hemos vivido si no hemos leído poesía, o la gran novela del siglo XIX, o las memorias póstumas del tal Blas Cubas, les vamos a contestar:

-Viví una vez en que resbalé de un peñasco en una presa, y caí sorprendido, porque yo me dejé caer. Vivimos todos juntos el camino y el polvo en una troca vieja, montando el cerro sobre las llantas, con el traqueteo de las piedras que ríen y cantan, allá bien lejos, donde no hay bibliotecas, y donde no hay escuelas ni centros culturales. Tenemos en la memoria no grandes novelas, pero sí una gota de río, bien clavada en el ojo, cuando intentamos pescar cangrejos, y nos lo llevamos todos juntos, cuesta arriba, mientras las señoras gordas alimentaban la lumbre para invitarnos a cenar.

Somos hombres y mujeres cansados que hemos decidido no hacer el bien a través del arte. Si hacemos bien o hacemos mal, no importa mucho realmente. Haremos lo que pudimos, como cuando de mañana nos ahogamos una vez entre las matas de algodón; y la siembra parecía un mar de borreguitos.

A todos los artistas que nos invitan a llevar una vida mejor les cantamos:

Los pollitos dicen PÍO PÍO PÍO. Cuando tienen hambre. Cuando tienen frío.

Poetas, intelectuales, artistas de la modernidad, no toquen nuestras puertas con el vicio ciego del que impone su salvación. No caigan en el error de menospreciar al que chifla en los parques en vez de leer. No vaya a ser:

En esta casa se traga aire. En esta casa no son bienvenidos los Jinetes del Apocalipsis de la Cultura“.

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