Solemos encarar el dolor con tanta naturalidad -porque nos llega de pronto- que después olvidamos. Amnesia constante, todo el tiempo; mientras duele, jurar que predominará en nuestra memoria se vuelve una ceremonia, cada vez más solemne. Pero olvidamos. No es que el dolor no sea sacro ni nos marque, pero es tan fácil caer en él y después bloquearlo para mitificar un renacimiento personal, que resulta obvio dejarlo al subconsciente y, sólo de repente, sacarlo a pasear amarrado a una cuerda.
Mis años más productivos fueron en un cuarto de 10 x 2 metros cuadrados, sin ventanas, sin vecinos, en una avenida principal donde nunca paraba el ruido y el suelo tiembla por la ruta 30 del transporte urbano. Alberto y yo recordamos ese pedacito de horno como “El infierno”. A veces lo extrañamos porque incluso entre brasas uno puede ser feliz. Tan fácil como aceptar que esa muestra gratis de infierno fue la que absorbió y fue testigo de mi insomnio, hambre, borracheras, ataques de ansiedad, temporadas de calor a cuchilladas, paranoia de que alguien fuera azotar la puerta en cualquier momento y, junto a todo eso, mi obligación por encharcarme en mis libros con la única intensión de ignorar la locura. Hay algo en el dolor que nos hace sentir como en casa.
Hubo un momento en que decidimos poner unos banquitos en el pequeño balcón de El Infierno. Semanas después me mudé de ahí. Es justo y necesario poner en un pedestal los tiempos duros, como si fuera nuestra manera de perdonarnos a nosotros mismos por no haber ido a Vietnam o por no lanzarnos de un castillo con nuestro estandarte vuelto toga. Creo que jamás podré sentirme orgullosa de haber pasado malos ratos. Uno se ríe, con el tiempo. O lo vuelve a olvidar.
“Una temporada en el infierno” me recuerda a mí misma tomando leche helada a las 3 am por no tener ventanas ni un ventilador. Agua tampoco había. Me recuerda a mi primer año fuera de Sinaloa con el sueño hinchado de escribir la Tabla de esmeralda de la literatura. Tenía 16 años y los pocos escritores que conocía eran Dostoyevski, Quiroga, Maupassant y otros cuantos. Después me hice de un amigo con la edad de mi padre que me adoptó como hija y se convirtió en mi segundo papá. Durante casi tres años mi círculo de amigos estaba conformado por hombres de entre 40 y 60 años. Y yo era la única mujer. Y además, pueblerina y de 16 años. Durante años fui la niña que quería ser escritora y masticaba libros en vez de comida real. Me fui haciendo ojerosa y cada vez más flaca. Pero cada vez con más hambre por escribir, por leer, por discutir con ancianos orgullosos y cultos sobre literatura rusa y sobre la creación de personajes. Era hermoso llegar borracha a la 1 am y buscar entre el librero algún fragmento que me hiciera conciliar el sueño. Era hermoso tener la imagen pura del escritor como un ente sagrado y generoso.
Hoy tengo 23 años y mi hambre es la misma, o tal vez mayor. Pero le huyo a los intelectuales, y a los artistas, y a las pláticas vacías sobre arte que al final hablan de eso y no de vida. Y no de hincar diente sobre la tierra. Las presentaciones de libros se vuelven tortuosas, las ferias literarias cada vez son más abrumadoras y tristes, y a los 23 años continúas siendo la niña que quiere ser escritora y que no puede dar mucho porque no es fea y tiene la boca muy grande. Las pláticas con aquellos señores se traspasaron a pláticas mucho más absurdas y hermosas con personas de mi edad que guardan la sensibilidad en una caja de cartón sucia, pero bien protegida, muy por dentro en su pecho. Hablar con mis amigos de cualquier cosa es hermoso porque traen los ojos limpios y un filtro para el dolor muy parecido al mío.
Tal vez mi única apuesta constante va a ser la capacidad del dolor para acoger, en el mismo lugar, un refugio para perros malheridos, con el corazón de pollo y la furia de la risa.