Solemos encarar el dolor con tanta naturalidad -porque nos llega de pronto- que después olvidamos. Amnesia constante, todo el tiempo; mientras duele, jurar que predominará en nuestra memoria se vuelve una ceremonia, cada vez más solemne. Pero olvidamos. No es que el dolor no sea sacro ni nos marque, pero es tan fácil caer en él y después bloquearlo para mitificar un renacimiento personal, que resulta obvio dejarlo al subconsciente y, sólo de repente, sacarlo a pasear amarrado a una cuerda.

Mis años más productivos fueron en un cuarto de 10 x 2 metros cuadrados, sin ventanas, sin vecinos, en una avenida principal donde nunca paraba el ruido y el suelo tiembla por la ruta 30 del transporte urbano. Alberto y yo recordamos ese pedacito de horno como “El infierno”. A veces lo extrañamos porque incluso entre brasas uno puede ser feliz. Tan fácil como aceptar que esa muestra gratis de infierno fue la que absorbió y fue testigo de mi insomnio, hambre, borracheras, ataques de ansiedad, temporadas de calor a cuchilladas, paranoia de que alguien fuera azotar la puerta en cualquier momento y, junto a todo eso, mi obligación por encharcarme en mis libros con la única intensión de ignorar la locura. Hay algo en el dolor que nos hace sentir como en casa.

Hubo un momento en que decidimos poner unos banquitos en el pequeño balcón de El Infierno. Semanas después me mudé de ahí. Es justo y necesario poner en un pedestal los tiempos duros, como si fuera nuestra manera de perdonarnos a nosotros mismos por no haber ido a Vietnam o por no lanzarnos de un castillo con nuestro estandarte vuelto toga. Creo que jamás podré sentirme orgullosa de haber pasado malos ratos. Uno se ríe, con el tiempo. O lo vuelve a olvidar.

“Una temporada en el infierno” me recuerda a mí misma tomando leche helada a las 3 am por no tener ventanas ni un ventilador. Agua tampoco había. Me recuerda a mi primer año fuera de Sinaloa con el sueño hinchado de escribir la Tabla de esmeralda de la literatura. Tenía 16 años y los pocos escritores que conocía eran Dostoyevski, Quiroga, Maupassant y otros cuantos. Después me hice de un amigo con la edad de mi padre que me adoptó como hija y se convirtió en mi segundo papá. Durante casi tres años mi círculo de amigos estaba conformado por hombres de entre 40 y 60 años. Y yo era la única mujer. Y además, pueblerina y de 16 años. Durante años fui la niña que quería ser escritora y masticaba libros en vez de comida real. Me fui haciendo ojerosa y cada vez más flaca. Pero cada vez con más hambre por escribir, por leer, por discutir con ancianos orgullosos y cultos sobre literatura rusa y sobre la creación de personajes. Era hermoso llegar borracha a la 1 am y buscar entre el librero algún fragmento que me hiciera conciliar el sueño. Era hermoso tener la imagen pura del escritor como un ente sagrado y generoso.

Hoy tengo 23 años y mi hambre es la misma, o tal vez mayor. Pero le huyo a los intelectuales, y a los artistas, y a las pláticas vacías sobre arte que al final hablan de eso y no de vida. Y no de hincar diente sobre la tierra. Las presentaciones de libros se vuelven tortuosas, las ferias literarias cada vez son más abrumadoras y tristes, y a los 23 años continúas siendo la niña que quiere ser escritora y que no puede dar mucho porque no es fea y tiene la boca muy grande. Las pláticas con aquellos señores se traspasaron a pláticas mucho más absurdas y hermosas con personas de mi edad que guardan la sensibilidad en una caja de cartón sucia, pero bien protegida, muy por dentro en su pecho. Hablar con mis amigos de cualquier cosa es hermoso porque traen los ojos limpios y un filtro para el dolor muy parecido al mío.

Tal vez mi única apuesta constante va a ser la capacidad del dolor para acoger, en el mismo lugar, un refugio para perros malheridos, con el corazón de pollo y la furia de la risa.

En segundo año de primaria la maestra nos pidió que dibujáramos lo que queríamos ser de grandes. No sé qué habrán dibujado mis compañeros, pero yo hice una monita con boina, una paleta, un pincel que retaba las nociones básicas de estética y proporciones naturales, un caballete y un lienzo. A los 6 años quería ser pintora. Y en un pueblo estancado, hundido por el polvo y por una atmósfera igualita a la Santa María de Onetti, querer ser pintor, o leer tan sólo, estaba visto como cosa del diablo.

Mi abuelo, que era hijo de comerciantes chinos, inmigrantes, llegados a México durante la segunda guerra mundial, también fue visto como hombre del diablo. Volaba una avioneta que mi abuela juró algún día lo iba a matar, por lo que terminó regalándosela a un amigo suyo. El mismo amigo que, meses después, murió piloteando ese mismo armatoste del demonio. Había aprendido seis idiomas y lo poco que ganó de dinero, después de renunciar a su herencia, fue haciendo y reparando radios y televisiones.

Después mi abuelo murió. Dice mi abuela que el humo fue quien lo mató. Y lo dice como si el humo fuera un ente, a veces generoso, que terminó por arrancarle todo a su esposo. El humo que respiraba por estar en constante debatir con las aleaciones, producto de su trabajo. Un hombre que no sabía cobrar dinero ni gustaba manejarlo, por considerarlo demasiado vanal e intrascendente. “Los filósofos se ofenden cuando les hablan de dinero”, me dijo un día una tía, al hablarme de su padre. Fue despojado de su herencia, de sus padres, del legado monetario que le había dejado la familia, y decidió empezar de cero, con siete hijos, una esposa igual de inquieta y rojilla que él, y el peso de sus antepasados chinos y portugueses, también inmigrantes, que lo educaron de tal forma que nunca supo vivir en el mundo tal cual era, por lo que se refugió en la música, en los libros, en una dimensión mucho más divertida y tranquila, rodeada de cables, tuercas y tornillos, de cigarro, y la esperanza de que algún día el pueblo rascuache en el que fue a caer vería la luz poco a poco y sería un mejor lugar para sus hijos y nietos.

El pueblo está peor que entonces.

Mi padre estudiaba el primer año de universidad en la UNAM, cuando recibió una llamada telefónica de que volviera a casa. Había ingresado a la Facultad de Ortodoncia a los 16 años y jamás había salido de su rancho. Al ser durante mucho tiempo el único descendiente hombre de la familia, fue sobreprotegido y puesto en un pedestal muy parecido al de dios; era el encargado no sólo de continuar con el apellido, sino también de preserbar los lineamientos de aquella familia aristócrata china… de locos, incoherentes, absurdos, orgullosos y con un ego del tamaño del sol que, al final, cada uno de nosotros, a nuestra manera, también heredamos. Al llegar a casa de la tía que le daba alhojo en el D.F. lo recibió el esposo de ella con dinero en mano:

-Te me vas al aeropuerto y compras tu boleto; acaba de morir tu padre.

Y mi papá, sin decir nada, asintió, con la garganta vuelta nudo. Antes de salir, su tío le dijo:

-Agarra uno de los lentes para sol que están en el mostrador; para que no te vean los ojos rojos ni echos pedazos.

Mi papá volvió a asentir y salió rumbo a Sinaloa.

Jamás quiso ser dentista pero era la opción más viable si quería un trabajo sustentable en aquel entonces. Habría sido un gran ingeniero. Un muy buen pintor. Si hubiera decidido estudiar Filosofía, habría hecho alguna cosilla interesante, porque tiene esa mezcla de alegría y pesadez por la vida que a veces veo en la poesía de Nietzsche. Pudo haber sido músico o compositor. Cualquier cosa a la que se hubiera dedicado habría dado el mismo resultado: mi padre es una persona hermética, pero me da miedo su inteligencia.

Y le pasó lo mismo que a mi abuelo; encerrado en un rancho tan pequeño, tan hundido, tan poco sustentable para una persona que no vive en este mundo, que no comprende nada de lo que pasa allá afuera. Hoy está a punto de jubilarse, y continúa siendo un niño; un pirómano que fuma como chacuaco y que bebe 8 cervezas al día en casa, sin inmutarse, cuidando de su perro en turno y de sus canarios y zenzontles. Con tal modestia que, sentado en la banqueta, ve el ambiente triste del pueblo, ya sin grandes cosas qué aspirar; tan sólo estar tranquilo. Cantando para él solito Yellow submarine, molesto con el pueblo entero por haber nacido en él, por ser tan poco compatible con él y el resto de las personas que viven ahí. Sin nadie al lado para poder hablar de Poe y de música afroantillana, ni hablar de física ni de filosofía. Su único método de protección fue huír de cualquier contacto que le motivara a explotar sus habilidades e inquietudes; no leer de historia, no leer literatura, no hablar de trabas existenciales… Todo eso sería sumamente doloroso para alguien con el hambre de saber y huír y ayudar a los demás, como sus padres lo hicieron, y que, sin embargo, se encuentra atorado en un lugar que no saciará ninguna de sus dudas ni deseos.

Ayer fue cumpleaños de mi papá. Lo celebró en el hospital, con mi mamá internada, mientras los doctores le hacían estudios e intentan adivinar qué chingados tiene. Mi mamá había pasado casi dos días sin poder comer y tuvieron que meterle una sonda por la boca. Mi madre arrojó ayer una pasta verde oscura por la boca, después de la sonda. Señal aparente de que se va a recuperar.

-Fue el mejor regalo de cumpleaños: el vómito de tu madre. -me dijo él por teléfono. -”Estimados do’tores; hoy 21 de marzo mi esposa y yo hemos traído al mundo una plasta de vómito bien bonita; ni cuando nacieron mis hijos fui tan feliz”- les dijo a sus compañeros.

Fue su manera de hacerme ver que se estaba cagando de miedo.

Porque al final, también la comedia se convirtió en un refugio para él. Pareciera que es ahí donde mi papá y yo más nos entendemos; entre más pendejadas e incoherencias decimos, entre más comentarios crudos y paródicos hacemos, más se nos está viniendo el mundo abajo. La comedia siempre como un filtro para soportar el mundo de allá afuera.

Mi papá habría sido un buen amigo de los Monty Python. O tal vez no. Quién sabe; sigue en el rancho fumando como chacuaco y cantando Inagada da vida y Yellow Submarine.

Todo aquel que se autodenomina “artista”, o que sabe que su oficio fácilmente podría verse confundido por arte, va a pasar gran parte de su vida creyendo algo muy simple pero digno: El artista trabaja siempre en nombre del arte. Es decir: de la completa carestía”. Podríamos agregar que la carestía casi siempre se relaciona con el hambre, y ésta con la pobreza. Esta fulgurante figurita va a hacer muy feliz al artista, porque si hay algo que nos ha enseñado el mundo es a perseguir y venerar al mártir. Si sufres eres una gran persona. Si has pasado dolor en tu vida, serás recompensado y tienes la capacidad no sólo de inspirar a alguien, sino de merecer cierto grado de respeto.

Todo esto que acabo de mencionar no figura en mi eje de pensamiento como algo fundado en la lógica ni la inteligencia; todos hemos sentido dolor y hemos sufrido en algún momento de nuestras vidas, por lo cual ya no es sublime, ni sagrado; es meramente normal y sigue sin tener esa maldita lógica que nos va a llevar a aplaudirle al mártir. En el tarot, el arcano de El colgado representa al mártir, en todo el sentido de la palabra; cree que a través del sufrimiento autoimpuesto podrá salvarse, por lo que él mismo decide colgarse de una pierna.

De cualquier forma, no creo que el artista podría caer dentro de la figura del mártir. Así lo hemos visto, puesto que llevamos cientos de años venerando a personas que jamás conocimos y que la misma historia nos ha hecho creer todo aquello que crearon fue mero producto no sólo de un don, sino de haber respirado entre la lumbre de un infierno terrenal. Y claro, es la idea más ad hoc si lo que se quiere es caer en el cliché del artista romántico.

Aún así, el artista está mucho más alejado del mártir o de El colgado de lo que muchas personas podrían imaginar. En algún momento el pintor, escritor, escultor, y todo aquel que se sienta con el derecho o los webos de autonombrarse artista, cae en la necesidad -o capricho- de intentar vivir a través de lo que hace. Si pintas, lo ideal sería que una persona comprara tus cuadros y que con eso, mínimo, aseguraras dos o tres meses de renta. Si tu tirada es escribir, estarás dándole duro a las teclas o a la pluma durante horas, a mitad de la madrugada o sin salir por días de tu casa, con la única finalidad de que alguna editorial españolita se dé cuenta de que has creado el Opus Nigrum de la literatura contemporánea y que correrás con la suerte de ver tus libros borbotear en las librerías, a diferencia de Roberto Bolaño o Franz Kafka. Pero al final la labor del artista va encaminada siempre al publico que aparentemente el mismo artista desprecia; la clase media alta, o la clase alta.

Y realmente no es algo nuevo: el arte es producido, en su mayoría, para personas que puedan pagarlo. Y cuando el artista se visualiza siendo reconocido por una gran cantidad de personas en el estado, el país, o incluso todito el mundo, no sé si es consciente de que esa misma gente es parte de quienes tienen acceso no sólo a servicios básicos, sino también a un teléfono, a televisión e internet. No es una generalización puesto que sería absurdo, pero sí es una constante. El pintor no va a vender sus cuadros a 200 pesos, y al final los cuadritos serán comprados tal vez por algún coleccionista o, quién sabe, hasta por una señora que vio algo bonito entre tanto pegoste de óleo.

El arte es producido, en primera instancia, para quien pueda pagarlo. La misma sociedad que, en apariencia, el artista repudia, se vuelve una de sus fuentesd de ingreso. Y él lo sabe. Desde el momento en que te esforzaste pintando un cuadro y decides venderlo a $6 000.00 sabes que una persona que se está muriendo de hambre no va a ser la dueña de éste. Y todo tu trabajo sabes, desde el mismo momento de ser producido, no llegará a las manos, así de sencillo, de una persona que, tal vez como tú, artista en tu mocedad, ha pasado días con refrigerador cansadamente vacío.

Lo más cercano que podría encontrar a arte hecho no para ser comprado ni pensado en quienes pudieran adquirir las piezas, es el que está en la calle. Ya no sólo es eso, sino también algo más allá de hacerlo en pos del mártir, del colgado social; es invadir parte de la calle y hacerla tuya. La capacidad para transformar la vida cotidiana ante una situación sencilla que pueda alterar la rutina de cualquier persona puede tener aún más trascendencia y shock que una gran pintura valorada en $30 000.00, o una novela que será acogida por alguna editorial y que será accesible no sólo para quien pueda leer, sino además para quien pueda pagarla.

Tal vez el autonombrado artista podría comenzar por admitir su más pura conexión con el sistema político del que muchas veces reniega, o de la esfera social que le asquea -en gran parte, tal vez, porque jamás ha estado en ella-, y que sin embargo espera en algún momento ser parte de ella. No creo en quienes envían sus textos a editoriales y afirman que no les interesa ganar dinero y mucho menos acumular una fortuna; porque supongo que, en primera instancia, si así fuera regalarían sus cuadros, y los archivos de sus libros en vez de pasar a editoriales, podrían descargarse de forma gratuita en internet.

Igual esos mismos artistas no han sido conscientes de que, por lo general, las personas suelen ser buenas no sólo en una cosa, sino también en algo más. O no son conscientes de que pueden ganar dinero haciendo algo ajeno a su aparente don en algún arte. No sé si su consciencia estaría más tranquila al saber que, por un lado están trabajando en algo desligado a lo artístico, y por otro continúan creando y dejando a disposición pública todo aquello que hacen. Y si es verdad que el arte se hace por gusto, entonces cumpliría con su función. Si todo lo que hoy en día consideramos sublime o artístico pudiera ser accesible para absolutamente todos, entonces estaríamos más cerca de todo aquello por lo que muchos reniegan; la gente borbotea bilis cuando se topa con alguien “inculto”, o con alguien que en su vida ha leído un libro. Pero muchas de esas personas no están dispuestas a que eso cambie, desde el momento en que dicen su trabajo artístico no tiene porqué ser gratuito, si es trabajo y si es esfuerzo, después de todo.

Arrancarse los pelos porque la gente es “inculta” no es la solución. Si su utopía incluye personas de todos los estratos, especialmente aquella perteneciente a la clase media o a la baja, o a la de ohpordioseguritohoymemuero, tal vez podrían comenzar por preconcebir sus creaciones como algo gratuito; no como una forma de ganar becas y vivir de Papá Estado durante un año con proyectos artísticos mediocres. Hay más formas. O tal vez sólo sea necesario concebir que la llamada “cultura” por muchos es algo que va a quedarse en las mismas esferas durante mucho tiempo, y sólo entre esas va a circular.

Hay gente que no es creadora y que le pone un chingo de esfuerzo para que esas cosas sucedan; para que ese grado de sensibilidad pueda ser posible en las personas que no tienen los ingresos para obtener esos puñitos de la muy mentada “cultura” malentendida como saber de literatura, pintura, teatro y cine.

El narcocorrido es cultura. Perdón si les estoy rompiendo el corazón; úsenlo de performance y apliquen a otra beca. Luego vemos si el corazón también lo pasan de a gratis.

Mi abuela ya casi puro hueso. Esa ranchera blanca de ojos grises, de la que ya hablé mucho. Tal vez porque no la perdono. De no dejarme abrazarla un poco, de nunca escucharla decir “Te quiero”. Por ser la nieta favorita de su esposo -ya muerto- e hija de la hija con su nombre; del hombre, único hombre, que se supo entender con mi abuelo. La vi que me miraba con ojos ciegos, tan bonitos, jamás heredados a nadie -hasta ahorita-. Me suplica perdón en la cama, sin hablar, buscando a dios en el techo de adobe. Yo aguantándome la risa. No sonreí, ni la abracé, ni le dije “perdón” siquiera por dentro. Aguantándome la risa por verla casi muerta, más allá que acá. Me dijo “Te quiero” con los ojos, entonces sí. Pero me regaló un libro de cuentos gordo que ella se había chutado primero. Y me lo dedicó en la primera hoja; me escribió cosas -que no recuerdo- en letra cursiva; ya hace muchos años, cuando aún podía leer. La esposa del hombre que me quiso, como a nadie, pidiendo la reivindicara -como si yo pudiera salvar a alguien, si ni puedo salvarme a mí-. El hombre que me quiso, como a nadie, del que no recuerdo mucho. Tan sólo que tocaba la armónica para mí, su nieta favorita, en una hamaca y chupando un dulce de aniz.

-¿Estás cansada, Cristina Isabel?

Me dijo porque me vio dormida.

-No; estoy descansando los ojitos.

Respondí, sin abrirlos.

¿Y quién a los 5 años sabe que no hay cansancio, pero que los ojos necesitan reposo? Yo nomás.

Mi abuelo tocando Árboles de la barranca con su armónica, en el portal de nuestro rancho, con el ruido al fondo y los moscos pegándoseme en las piernas. Ese rancho que ya no es nuestro, ni siquiera mío. Que se volvió un criadero de avestruces y casa de domingo, pero ya no hogar, ni casa de hermanos. Se me parte el alma al recordar que ya no puedo entrar en él. Que ni las hamacas, ni el horno de piedra, ni el portal donde mi abuelo me cantaba, ni el tejabán con los tractores que fueron mis amigos de niña; ya nada de eso se me permite tocar. Y se me cuartea todo y germina un nudo en mi garganta.

Adiós al caporal y a la familia del caporal. Adiós a los deseos de mi abuelo porque ese rancho fuera mío y de mi hermano y de todos, sin distinciones. Adiós a los sapos que buscábamos en tiempos de lluvia, cuando eran nuestro ejército y nos turnábamos el ser El Capitán de los Sapos. Me resigné, de brazos cruzados y un charco de llanto muy por dentro.

Volví a saber de mi abuela un año después; me despertó el teléfono mientras dormía con los nervios enmarañados por vivir con un tío neurótico que azotaba mi puerta en las noches. Desperté con los mismos ojos ciegos y la voz de mi hermano al fondo: “Se murió”. Y sonreí, aún medio dormida, y pensé “Qué bueno”. Pensé en el dolor de mi mamá, ingenuo como sólo un hijo se compadece del padre o la madre que lo azotó por años con indiferencia y palabras amargas. Pensé en los ojos grises que tal vez nunca nadie herede. Y también me acordé del libro de cuentos gordo que no me traje, que no llevo conmigo, y que aún no me animo a abrir.

Se me hará un ojo de agua en cada ojo cuando lo busque y lo lea. Cuando me quede helada en la primera página e intente adivinar el resentimiento, y saberlo perdido y bien muerto. Ahí donde descansan los huesos de ella, junto a los de su esposo. La tumba de mi abuelo llena de flores y limpia, porque a él si lo quisieron. Y la sombra de su yerno, mi padre, fumando y con un geranio en la mano, llorándole al suegro.

-Me da mucha pena que usted se haya ido.
Le dijo un día, en el panteón.

-Me da mucha pena que no esté aquí para cuidar a Isabel.

Ya nomás con el geranio en una mano y el cigarro en la boca. El alma hecha pedazos -como la mía- y el rencor fresco, que tampoco heredé.

Todos nosotros proscritos, sin ganas de reclamar. Hablándole a los muertos que nos hunden en vez de que nosotros los enterremos a ellos. Los mismos muertos que llevamos junto al hombro cantándonos alguna canción -la que sea-; ya fuera Árboles de la barranca, o Bésame mucho. O La llorona, muy allá en el camposanto donde el geranio que todos traemos sigue intacto. Y ni agachar la cabeza podemos, porque a los muertos no se les sabe mentir. Y porque tampoco nos permitimos olvidar -no somos tan fuertes- y les hablamos en la noche, cuando nadie escucha, y les decimos quedo, los ojos clavados frente a la lumbre:

-Me da tanta pena que te hayas ido. Pobre de uno, que no sabe dejarte ir.

No somos tan fuertes; mucho menos en una cantina a la que llamamos “hogar”, bajo la pena de que nadie entienda que no es nostalgia, ni cobardía, ni miedo a encarar el mundo. Sólo es techo para perros y para los que lloran ahogados, con la garganta seca. Y el hígado bien puesto reclamándole su lugar al tan mentado corazón.

Ernestito Hemingway, ruega por nosotros.
Tomás Segovia, ríe por nosotros.
Daniel Sada, descansa por nosotros.
Malcolm Lowry, toma por nosotros.
Guillermo Faulkner, ruega por nosotros.
Nicanor Parra, escupe por nosotros.
Howard Lovecraft, grita por nosotros.
Juanito Rulfo, ruega por nosotros.
Teodoro Dostoyevski, chilla por nosotros.
Josep Conrad, pesca por nosotros.
Piporro, ruega por nosotros.
Gente del tribunal, perreen por nosotros.
Políticos de petróleo, defequen por nosotros.

Pedro Páramo, odia por nosotros.

Y la verdad es que ya lo veíamos venir. Porque desde el día en que llegaron, todos juntos, como rinocerontes de acero, montados en sus colosos que no saben de perdón ni de discernimiento, las cosas ya pintaban mal. No se dejen engañar por lo que dice la prensa. No crean lo que sale en la televisión, no miren con ojos amargos y ciegos lo que cuentan los periodistas, no crean las voces absurdas de un literato que jura saber cómo se mueve el crimen y la violencia y los tejidos flacos del país; no sigan el canto brumoso de las sirenas.

Habría que estar aquí porque sólo así. Habría que subirse a un camión de hojaldre a las 5 de la mañana y dormir hasta que haga parada en un pueblo pesquero. Habría que ver los ojos cansados y la sonrisa quieta de todo aquel que vive en el mar; de las viejas que lloran noche tras noche con su plegaria anclada al corazón y las manos juntas vueltas rosario. Habría que escuchar la música de trompeta, acordeón y tarola que sale de las casas cuando alguien más muere en la calle. Habría que encontrar el encanto crudo de toparte un colgado en un semáforo, o encontrar su cabeza en otro lado del pueblo, pendiendo de un hilo como fruta de temporada.

Todo eso que los hombres grises quieren retratar bajo el péndulo de alguien “de mundo”, de alguien conocedor; de quien descendió al infierno y se emborrachó con Hades sólo para volver y contar con precisión cómo fue el haber dormido entre brasas. A todos aquellos que ven atractivo el mal-vivir y la decadencia como parte de su experiencia de vida, como una postal jugosa qué contar; como si se pudiera sentir orgullo de saber que se ha urgado en la basura, que la calle se nos topa fría y sin cobijo una noche en que no hay lugar a donde ir. Como si el dolor nos asegurara una cama en el cielo, como si el arañar el suelo por un estómago vacío y la cabeza borboteando en demonios fuera un lindo recuerdo de viaje.

Esos mismos que enaltecen al artista y al romántico que llora, al poeta perdido, al músico insomne y a cualquier borracho que hace filosofía entre llanto amargo y mudo mientras todos gritan y sonríen porque la vida está acá afuera y no allá adentro -pero adentro es donde más duele y a donde siempre regresamos cuando intentamos dormir-.

Todo aquel que piensa y admira a los nobles endemoniados que cambian su alma por un trozo de papel, por un lugar en la historia, por un gafete en nuestra memoria y una sepultura chiquita en los libros de Historia del arte, todo aquel que en su ingenuidad ha sublimado el calvario seco de quien piensa y se antoja loco y despierta a mitad de la noche sin saber qué fue de su mente, qué fue de su cuerpo, sepan que no hay nada de gloria en haber visto al demonio, ni siquiera tan sólo una vez; la claridad será amarga, blanca, ruidosa.

Y entre tanta luz nos habremos quedado ciegos.

Estuve leyendo al punto del hartazgo las últimas 4 semanas. Porque es lo único que se puede hacer cuando estás en un pueblo rascuache -y siempre a la sombra de un toque de queda a las 8:30 pm, de encapuchados sin placas que te alcanzan y ponen contra la pared, te inspeccionan, te hacen preguntas… te ven fumar en una banqueta y te vuelves “sospechoso”-.

Contrario de lo que muchos creen, no todo está en los libros, como lo digo siempre y hasta se vuelve molesto. Pasé gran parte de mi estancia allá yendo a pueblos pesqueros, en ranchos aún más ranchos que mi rancho. No me había percatado de que hay más gente rara de lo que alguna vez imaginé. Al lado del río está una casilla descuidada con inscripciones esotéricas de la que es, al parecer, “la bruja del río” (como la de los Monty Python y El Santo Grial). Me topé también con una casucha -que parece más cuarto- hecha de pedazos de cartón donde hay un letrero que dice “Se hacen tesis en latín” (no sé quién chingados quiera una, pero si algún día se te antoja, el viejo que vive ahí te puede hacer el trabajillo).

También me encontré de nuevo con uno de los indigentes del rancho, que alguna vez tuvo una escuela de idiomas por Tijuana y que dejó todo y se volvió borracho y vagabundo el día que su mujer lo dejó. Por eso ahora puedes encontrártelo, entre la cruda, mientras compras hot dogs -como me pasó- e intentando comprender lo que te dice en alemán -pero no sé alemán-, o italiano, inglés, francés y portugués. El mismo viejón que días después me enteré había muerto.

Hay una parte del rancho llamada “La michoacana”, porque ahí siempre han vivido familias y descendientes de personas que llegaron al norte desde Michoacán. Y tienen una guerra campal con los del otro lado, partecita a la que llaman “La Vuelta” -parecido a los Montesco y Capuleto pero más norteño y rampante-. También, dispersos en todo el rancho grande, están “Los Maravilla”: una familia enorme de descendientes de un hombre apodado, en su origen, “El Maravilla”, que era especialista en hacer armas, explosivos y en idear con fierros, partes de carro, basura, lo que sea, cualquier madre que se le fuera ocurriendo. Al pasar las generaciones sus hijos disperdigados y sus mismos descendientes fueron apodados de la misma forma, al adoptar los mismos vicios y fijaciones, por lo cual ahora puedes toparte por ahí bicicletas gigantes, monociclos, entre otros cachivaches.

El vecino de un conocido, que viene de familia de tapiceros, terminó dándome casi casi una cátedra oral sobre Bergman, un día que fuimos a visitarlo, y resultó que el vato es un pinche erudito en cine mexicano; conoce las películas más pinche raras, más escondidas, las más populares, las más complejas, no nada más en México, sino también de otros países. Los húngaros también fueron cosa normal por ahí. Ya no quedan mucho, porque tienen tiempo de haberse largado de ahí. Antes se asentaban por las vías del Tren y en una colonia cercana a las mismas vías y al ingenio azucarero. Me topé con una señora que estaba terca en quererme leer la mano y terminé platicando con ella buen rato, ahí mismo junto a las vías. De forma que me contó no están ahí mero mero ahorita, como antes, pero que había ido al rancho a pasar unos días allá y ver qué agarraba. Ahorita hay algunos todavía más para el norte del estado, a unas 6 horas. De ahí van y vienen, pero de cierta forma, asentados asentados, nada más ahí. Por el momento.

Así como toda esa gente que, no sé por qué, en tan poco tiempo terminé topándome, hay más. Un viejillo que cuida un ejido y que trata a su burrita como esposa y que no deja que nadie la toque. Una tipa que pide aventón en la calle y que, cuando alguien la sube a su carro, comienza a gritar “¡¡¡VIOLADOR!!!” y comienza a madrearte y luego sale disparada del carro y corre lejos, con furia, y aún gritando. Antes el lugar tenía plantaciones de amapola por todos lados, y había japoneses encargados de recolectarla. De manera que el lugar entero, cuando aún era poco habitado, estaba lleno de, sí: traficantes, ladrones, algunos gitanos, violadores y brujas.

En resumidas cuentas: era un lugar de malillas. Así que, sí: vengo de un pueblo asentado por malillas, estafadores, y gente “mala”. Las personas que ahora habitan en él son prácticamente todos los descendientes de esas misma gente, porque pocos se han largado de ahí, y ciertamente pocas personas “nuevas” han llegado últimamente para hacer su vida en el pueblillo. Tal vez por eso la gente es tan rara. Si aunamos a eso el hecho de que ahí la gente no es muy religiosa, sino más bien supersticiosa, podríamos entender un poco el por qué todos se pasan las ideas del “buen cristiano” por el ano, porqué la gente sigue pagando el camión solo al bajar y ni el chofer te acepta el dinero cuando subes. También el porqué cada jueves todos los negocios del pueblo cierran y se toman su día de descanso.

La gente es ruidosa, gritona, grosera, entras a cualquier casa como si fuera tuya, les vale pito cualquier norma de educación y buenos modales, y sin embargo, sus términos de “educación” los tienen arraigados, y se los toman muy en serio… como no saludar a la persona que llega, porque es quien llega el que debe saludar a los presentes. Ideas muy absurdas, risibles y rampantes. A la par de que ahí la mayoría de las peleas y muertes suelen empezar, además que por problemas de droga, porque un tipo sintió que te le habías quedado mirando… y el desmadre comienza literalmente así: “¿Qué qué… Qué me ves?”.

El pueblo rascuache, en sí, está más que propio para armarse un documental o que llegue Herzog y quede maravillado por la clase de gente trastocada y loca que hay en cualquier lado, a donde voltees. Claro que eso va a estar muy difícil, si la Seguridad Estatal tiene poco tiempo operando y ahora está ahí dizque para darle seguridad al rancho. De todas formas, si vas por ahí a las 9 de la noche y todo está apagado, todos están en su casa, y los únicos afuera son uno que otro borracho y gente en los expendios y cantinas de viejito, en cualquier momento te para un encapuchado Elite y te la va a hacer de pedo: jura que te la va a hacer de pedo.

Aún así la gente no quiere largarse. Se les hace bien pinche hermoso y bonito el lugar donde viven; el lugar donde nacieron. Saben que el rancho está jodido, y que nada grande va a salir de ahí. Porque es un pozo muy oscuro, aunque poco hondo. Realmente no es que te absorba, y ciertamente puedes largarte de ahí en cualquier rato. Pese a eso, casi nadie se quiere ir. Están cruzados de brazos, viendo cómo el pueblo se sigue chingando. Pero orgullosos y con la sonrisa bien puesta.

Entre las ideas a pescar, a los ranchos, y el hábito que me agarré allá de desayunar cerveza temprano y aprender sobre el cultivo de bambú. De todas formas, yo también vengo de ese rancho de locos y embusteros.

El abuelo de mi mamá fue español y el encargado de liderar y dar alimento a los soldados que llegaron a Sinaloa por el norte durante la revolución. En su cumpleaños metía su caballo al comedor y solía ponerlo a bailar con él montándolo. Y mi bisabuela debía alimentar a cada uno de los hombres que llegaban cansados, con costras de tierra seca partiéndoseles en la cara y los ojos rojos de tanto polvo y tanto humo.

Años más tarde tuvieron a mi abuela; una mujer fría, hermosa, de ojos grises. Lo único que me dejaron ver esos mismos ojos fue tristeza; relámpagos fríos de miedo a dar abrazos y el semblante duro de ranchera blanca. Todavía poco después tuvo a mis tíos, y a mi mamá; todos ellos con el mismo porte, los mismos ojos. La mirada partida e inconforme con la cámara que llegaba a fotografiarlos; cargados de odio y cansancio, de incapacidad para sonreír y aparentar felicidad, la mirada de todo ranchero es la misma en las fotos.

Con el degenere del tiempo mi herencia me obligó a no ver con odio a la lente, pero sí a enchuecar la cara y sacar la lengua. En el fondo soy la misma ranchera torpe bisnieta de aquel español loco durante la revolución. Hasta la fecha, sé que un tractor, un perro y el campo despejado son el lugar donde yo iré a alimentar la lumbre.

Hace unos días un desconocido me diagnosticó el mal de Montano. Y yo, que soy una ignorante en cuestiones clínicas -y en todo lo demás también- supuse que se trataba de algo malo… porque no podría ser de otra manera. Después leí lo suficiente como para comprender lo que el mal de Montano era, y mi primera reacción fue: “Tal vez sí tengo el mal de Montano (si esa cosa existe)”.

Pero no podría verlo como algo malo o bueno, o algo fuera de lo común. Si uno pasa gran parte de su tiempo leyendo, especificamente literatura, es normal que uno termine por ligar muchas cosas a las lecturas que uno lleva a cuestas. Imagino que pasaría lo mismo si fuera doctora y todo lo relacionara con cuestiones médicas, o si pasara mi día recogiendo tomates y quisiera destruír cuanta placa automovilística de Sinaloa me encontrara.

Es natural. Sí: asocio a los epilépticos con Dostoyevski. Sí: dicen “exilio” y pienso en Onetti o en Kadaré. Sí: el mezcal me sabe a Malcolm Lowry y el ron a Hemingway. Sí: los aviones son para mí un pedacito de Faulkner. Sí: cada hijo trastornado por un padre autoritario lleva dentro un poco de Kafka y Klauss Mann. Sí: los indigentes son hijos de Robert Walser. Sí: las catedrales empolvadas me sueltan un “Pueblo de mujeres enlutadas”. Sí: Pedro Páramo es un rencor vivo.

 

Sí: pocas veces puedo dormir en paz.

No creo en la inspiración. Por años nos han dicho que es un toque divino; que la inspiración llega de pronto, sin que nosotros la debamos ni temamos. Está uno aplastado en un sillón, o tirado en la cama. A veces, mientras esperas defecar, el baño se convierte en una cueva atiborrada de monstruos, y dizque la inspiración llega. Así como puede llegar mientras espera uno el autobús, o en medio de la situación más dolorosa y resquebrajante de nuestras vidas -nosotros siempre entregados al drama-.

No estoy dispuesta a atribuirle el ingenio a un ente imaginario; suficiente tenemos con la idea que nos encasquetan sobre nuestra presencia en el mundo con una finalidad única, por lo cual nacimos y debemos, a lo largo de los años, buscar esa meta preconcebida. No creo en la inspiración, pero sí en el tiempo libre. Y en las circunstancias que nos orillan a sentirnos limitados de alguna forma.

El producto del ingenio, ya en forma, es más parecido a un morete que al toque delicado de una musa; es lo que queda de una serie de golpes asestados; no sabemos quién dio el último chingazo, cuando nos dejan caer otro. Y entonces, algo queda. De pronto le prestas atención a ese cúmulo de sangre coagulada. A veces tarda años en agarrar forma el morete; esos mismos años que muchas veces cuesta el entender que, sí: fuimos golpeados. Una, y otra, y otra vez, y somos moldeados, a base de chingazos. Somos maleables sin darnos cuenta, como si fuéramos un muñeco de plastilina; a veces los toques sutiles son los más importantes, pero el modelado duro está, en primera instancia, para definir.

Muchos fatalistas creen que la inspiración siempre llega de cosas malas, pero creo que la condición humana es lo suficientemente fuerte como para también sentirse empujada por situaciones amenas, por euforia, borbotear carcajadas -que la comedia será siempre un filtro del dolor- y, sobre todo, por la ternura. El ingenio se asoma en momentos extraños, cotidianos, difíciles; pero es necesaria la fuerza para, por lo menos, intentar ponerle correa y ver si puede salir al sol. Que agarre aire y, entonces sí: a ver si ladra o sólo orina en un poste.

No podemos depender del mero ingenio porque ya se sabe qué pasa con quienes piensan mucho y hace poco; y no todos somos Kafka como para estar muertos y que un amigo decida sacar a la luz lo que hicimos en vida. Mucho menos si se vive con la idea de ser reconocido algún día, verlo nosotros, sentirlo, sabernos “realizados”. Envidio a quienes tienen el valor, o ingenuidad, de mostrar lo que hacen, casi siempre convencidos de que su trabajo vale la pena ser mostrado y tiene algo qué aportar. Aunque en realidad sea algo mediocre o mal hecho; yo casi nunca tengo esos huevos.

Pero que no me vengan con la historia de que la inspiración llegará a nuestra ventana o nos abrazará en el momento menos esperado; como si fuera tan fácil. El trasfondo nunca lo es. Cada vez que siento que hay demasiada bruma y no sé ni para donde llevar los ojos, intento recordar a un amigo: “El dolor hunde: sí. Pero eleva”.

Ya al rato uno se podrá reír.

 

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